divendres, 18 de març de 2011

"Sitges o la Libertad"

Sitges, llamada por los romanos la Blanca Subur con toda propiedad, se extiende a lo largo de la costa como una franja no muy ancha, pero sí larga.




La Iglesia, típica y emblemática con sus dos torres de distinta altura es el vértice de una cierta elevación llamada El Baluarte, probablemente porque desde allí se protegía a los pescadores de ataques piratas –hay un cañón de hierro mirando al mar-. Antes de llegar a ese vértice está la primera playa, limpia –todo Sitges tiene constantemente equipos de limpieza en las calles y en las playas- y cuajada de restaurantes.
Pasada la Iglesia un amplísimo paseo bordea una sucesión de playas continuadas y separadas por espigones, que se extienden a lo largo de tres kilómetros.


A ese paseo, confluyen, perpendicularmente una serie de callecitas estrechas, con casas, siempre blancas y azules, pertenecientes a antiguos pescadores que hoy son objeto de una gran –y carísima- demanda turística, con más restaurantes y cafeterías de diversos estilos.
A partir de un punto concreto del paseo, junto a edificios modernos, todos de tres o a lo sumo cuatro plantas por acertadas disposiciones urbanísticas, se continua con edificaciones que tienen su origen en antiguos emigrantes “indianos” que volvieron y construyeron mansiones con fachadas un tanto barrocas, pero muy espectaculares que representaban el mayor o menor éxito obtenido en su emigración.
Por ese paseo, y gracias a su anchura, pasean constantemente gentes de lo más variopinto. Van y vienen caminando tranquilamente o haciendo footing, en bicicleta o con patines y todos tienen su sitio, sin molestarse, sin protestas y, siempre con el mar besando las arenas limpias de la playa. En algún rincón, alguien hace esculturas con la arena que son verdaderas obras de arte. El paseo termina en un gran hotel, a poniente, rodeado de edificaciones cuya propiedad y ocupación pertenece a gentes económicamente privilegiadas. Hacia el interior, se ven lujosas urbanizaciones de chalets con espectaculares jardines y una ermita dedicada a la Virgen del Vinyet, bella, recogida, con ex-votos, generalmente de barcos, colgados del techo. El nombre le viene dado porque aquellos terrenos fueron viñas antes de la invasión del turismo.
Las vías del ferrocarril separan el Sitges “de toda la vida” de la ampliación, más moderna y con bastante menos encanto.
Una línea de calles es el eje del Sitges típico en el que se desarrolla toda su vida social. En su centro está el núcleo: el Cap de la Vila, una plaza no muy grande, de forma irregular. En ella convergen el citado eje con otras calles, estrechas y blancas, por lo que resulta prácticamente imposible andar por la ciudad sin pasar por el Cap de la Vila, lugar central de los frecuentes y variados festejos populares, y paso obligado de quiénes van o vienen de la playa o del quehacer diario de sus habitantes.
Una de las calles más populares de Sitges es la llamada oficialmente calle de Mont-Roig y popularmente calle “del pecado”. No es larga; probablemente no llega a los trescientos metros, pero sí variada, distinta e interesante. Sus visitantes cambian según las horas del día: por la mañana, es una calle tranquila en cuyas cafeterías desayunan turistas o veraneantes o quienes no tienen que trabajar. Por la tarde está más concurrida; matrimonios o parejas que meriendan o toman copas y en las noches, sobre todo en los meses de primavera y verano, pululan los noctámbulos frívolos y amantes de toda clase de experiencias, y apenas se puede dar un paso. Desde el Paseo que está a mayor altura que la calle, uno tiene la idea de ver otro mar, pero éste es de cabezas de todos los colores, con toda clase de peinados o pelos revueltos, incluidas las cabezas rapadas que tan de moda están y que van y vienen en un desorden total.
Cuando en Sitges se habla de “parejas”, hay que entenderlo en sentido amplio. Muy amplio diría quien las ve. Hay parejas de hombres y mujeres adultas y jóvenes. Las mujeres, generalmente muy guapas y con abundancia de tipos fabulosos, más o menos arregladas, o en bikini si se tercia, parejas de hombres y parejas de mujeres. Las distintas generaciones se identifican por sus diversas costumbres en el vivir, en el vestir y en el adornarse.
Una parte de la calle, la que desemboca en el Paseo, está ocupada por locales que no se sabría definir si son boites, pubs, cafeterías o simplemente, locales de diversión. Entre ellos están los reservados a los gays, que también tienen sus bares, hoteles y pensiones identificados por los tradicionales colores del arco iris. En el resto de la calle hay tiendas, muchas tiendas, algún restaurante de comida rápida y cafeterías.
Y muchos niños. El viajero, sin duda, pocas veces verá una proporción tan grande de niños en relación con la población de la ciudad.
Lo mismo puede decirse de los perros, muy bien “educados”, quizá con predominio de los “mini-perros” en brazos de sus dueñas o sujetos con la preceptiva correa.
Para quien conozca Sitges por primera vez, le resultará sorprendente el espectáculo de la variedad de gentes que circulan continuamente por esas calles: de pronto un grupo de chicas vestidas de la forma más inverosímil celebran una despedida de soltera, o de casada ¡cualquiera sabe!, o parejas con niños cuyos carritos siempre lleva el padre, o chicas jóvenes tomando helados, o parejas de chicas cogidas de la mano, o parejas de chicos… procedentes de las playas o que a ellas se dirigen, y casi todos luciendo sus cuerpos con más o menos generosidad y espectacularidad.
Una de las cosas que más llama la atención y más sorprende, agradablemente por supuesto, es el respeto, la independencia de las gentes: nadie se mete con nadie, cada cual vive como quiere sin molestar a los demás. Quizá porque es frecuente ver parejas de policías que recorren esas calles y cuya misión, es mantener esa variedad sin que nadie se moleste ni se sienta en ningún momento incómodo por ella. Hay un concepto bastante ortodoxo de lo que es la libertad que Sitges cuida con mucho celo, para mantener su prosperidad, lo mismo que la limpieza de las calles y de las casas.
En las playas abundan los pasquines en los que se afirma que quien tira un papel al suelo, o no recoge los residuos de los perros “no es de Sitges”.
Pero todo el bullicio primavero/estival, se circunscribe a la mencionada calle “del pecado” , adyacentes y las playas, porque a partir de ellas, la tranquilidad va aumentando, el silencio nocturno es prácticamente total y la vida de las gentes no se ve en absoluto alterada si uno no quiere meterse en el barullo.
Hay muchas tiendas en Sitges, de todo y de las mejores marcas y estilos aunque, lógicamente prevalece lo moderno, lo juvenil y en gran parte, lo excéntrico. Abundan las peluquerías, las perfumerías, ¡hornos de pan! que al mismo tiempo ofrecen suculentos pasteles y exhalan olores divinos por los gofres y crêps que están elaborándose continuamente casi a pie de calle.
En Sitges, hay mucho tiempo para pensar, y escenarios de horizontes muy abiertos donde los pensamientos pueden volar, abrirse y extenderse sobre el mar sin otro límite que el horizonte azul.




Abundan las casas con escudos señoriales o construidas en piedra formando rincones que parecen sacados del medioevo.
Los sitgetanos tienen profundamente arraigadas sus tradiciones que se concretan en fiestas frecuentes todas ellas relacionadas directamente con efemérides religiosas (la Festa Major, Sant Jordi, Sta. Tecla, el Corpus) que quizá merezcan una descripción aparte y que dan comienzo anualmente con los Carnavales, explosión de frivolidad máxima que arranca con la aparición imaginativa y siempre distinta de S.M. Carnestoltes y termina con su entierro el Miércoles de Ceniza.
No se pueden dejar de mencionar los Castellers frecuentemente compitiendo con collas de pueblos más o menos cercanos. Si no se ven “en vivo y en directo” no es posible hacerse una idea de su espectacularidad y riesgo ni del entusiasmo que despiertan en toda la población.


Y siempre los fuegos artificiales presentes en toda la costa mediterránea.
Podríamos hablar de la luz de Sitges impresionante y en unas puestas de sol indescriptibles.


Muchas cosas más podrían decirse de Sitges, pero lo dejaré para otro día.



dijous, 3 de març de 2011

Isabel II.- Un culebrón del siglo XIX

La reina Mª Isabel Luisa de Borbón, conocida por Isabel II, “la de los tristes destinos” es un personaje muchas veces criticado y en pocas ocasiones compadecido, próximo a nosotros en el tiempo y cuya personalidad está determinada por desgraciadas circunstancias que concurrieron en ella, ya desde su gestación.
Nació el 10 de Octubre de 1.830 en el Palacio Real de Madrid y su concepción estuvo marcada por la violencia e incluso la violación.
Su padre, Fernando VII, viudo por tercera vez, decidió contraer matrimonio, a los 45 años, con su sobrina carnal, Mª Cristina de Nápoles, que a la sazón acababa de cumplir los 22 y descendía de los amores ilícitos de su abuela, la reina Mª Luisa, y Godoy.
Cuenta Ricardo de la Cierva, que el primer encuentro de Fernando VII con su joven esposa en Aranjuez, fue violento, casi una violación que dejó un poso imborrable en la nueva Reina de España y que se traduciría en el poco amor que mostró durante toda su vida hacia el fruto de tal encuentro, Isabel, siempre pospuesta a su hermana, preferida de su madre, la Infanta Luisa Fernanda.
Fernando VII, murió el 29 de Setiembre de 1.833, cuando Isabel apenas tenía tres años y su madre, a los tres meses de enviudar, contrajo nuevo matrimonio -secreto y de dudosa validez, hasta el punto de que varios años después fue “convalidado” con una nueva ceremonia nupcial- con el Guardia de Corps, Fernando Muñoz, por lo que siendo una criatura, se quedó huérfana de padre y con una madre cuyo cariño, que ya sabemos era muy escaso, derivó hacia los seis hijos que nacieron de este enlace.
Esta doble orfandad a la que se refiere el historiador José L. Comellas dio lugar a que le faltaran “dos cosas muy necesarias a una niña o a una adolescente a la que esperan serias responsabilidades: un ambiente de cariño y solicitud familiar en que encontrar refugio y una educación a tono con la alta misión que le iba a estar encomendada por su condición y por la historia”.
A los 10 años, el 8 de Noviembre de 1.843, se la proclamó mayor de edad y a partir de entonces, fue manejada por políticos, favoritos y familiares, tanto como Reina como mujer.
De su pubertad -pregonada a los cuatro vientos por el incipiente telégrafo -“Isabel mujer 10 mañana 6 de Agosto”-, se aprovechó Salustiano Olózaga, a la sazón ayo de la reina y que, curiosamente y según de la Cierva, utilizó una novela recientemente puesta de moda por el cine (“Las amistades peligrosas”) para preparar el camino que le permitió desflorar a Isabel, de apenas 10 años de edad.
Hecho, a mi parecer, crucial en su vida, fue su matrimonio el 10 de Octubre de 1.846 con D. Francisco de Asís de Borbón y Borbón, Duque de Cádiz y primo carnal de Isabel (pues era hijo del hermano de su padre D. Francisco de Paula, llamado “el del abominable parecido”, por el que tenía con Godoy...), de dudosa condición sexual (“Paquita” le llamaba la reina en sus juegos) y cuyo matrimonio le repugnó siempre. Una indignante confabulación familiar y una vergonzosa intervención de las potencias extranjeras -de Francia y de la Inglaterra victoriana, sobre todo- fueron las que “decidieron” tan funesto enlace, en el que intervinieron, incluso, mediadores que, a cambio de suculentas cantidades, facilitaron un matrimonio acerca de cuya validez canónica, tengo serias dudas por falta de consentimiento de la reina.
En este contexto y con los antecedentes genéticos de su familia (su abuela Mª Luisa y su probable abuelo, Godoy, su rijoso padre e incluso su propia madre) no es de extrañar que para la joven reina, se sucediera una lista interminables de “favoritos” con más o menos escándalo de la Corte, despecho de un marido no querido y que tampoco la quería y críticas de sus confesores, entre ellos el P. Claret: Serrano (al que la reina llamaba “el general bonito”), el Marqués de Bedmar, Ruiz de Arana, Puigmoltó, O’Donnell, siempre enamorado de Isabel, Miguel Tenorio de Castilla, Marfori...
Recordemos que durante su adolescencia y juventud, Isabel fue muy bella y conservó su encanto a pesar de que, por su descontrolada glotonería -la encantaba el cocido madrileño y el arroz con leche, de los que abusaba en L’Hardy y, por supuesto, en Palacio- pronto se convirtió en una mujer obesa y perdió su lozanía juvenil,
Su extensa e intensa vida amatoria ha dado pie a toda clase de cábalas, respecto de la paternidad de los varios hijos que le fueron naciendo, con mayor o menor fortuna de supervivencia.
A pesar de todo, fue querida por su pueblo, que probablemente intuía las desgracias personales e íntimas de su Reina, castiza y de bondadosísimo corazón, como en innumerables ocasiones demostró con sus súbditos más necesitados.
Hasta que en 1868, fue exiliada a Francia, donde murió el 9 de Abril de 1.904, a los 74 años de edad.
No hemos aludido para nada la vida política de la Reina. No es ésta la ocasión.
Solo hemos querido destacar unos aspectos de la vida de la Reina, verdaderamente infeliz a pesar de su vitalidad y ansias de felicidad, que fueron reales y que no tienen nada que envidiar a las desgracias que jalonan las vidas de las heroínas en los “culebrones” televisivos.

dijous, 24 de febrer de 2011

El gallo Kiko



Para Ana.


EL GALLO KIKO.



Cuento de corral.

Erase que se era un gallo que se llamaba Kiko, un poquito viejo ya pero con unos espolones ¡que ya, ya!.
Cuando Kiko aún era pollito, demasiado curioso, se escapaba en ocasiones de su casa y entraba en un corral que era un paraíso: daban buena comida y tenía unos palos para dormir muy suavecitos y cómodos en los que sus habitantes se despertaban con un sol muy bonito, y veían unos árboles y unas flores que les alegraban los días.
Lo malo era que llovía mucho y entonces, ni sol, ni árboles, ni flores.
El gallo era un poco tonto y nada peleón y se le daba una higa que sus gallinas hicieran lo que quisieran.
Entre los humanos, suele ser frecuente la expresión “es más puta que una gallina”, y con ello se echa un baldón sobre una honrada sociedad polígama en la que las gallinas se sienten muy felices de estar en el harén de sus amos y señores, los gallos.
Otra cosa es que las haya más o menos coquetas y quieran compartir sus amores con otros gallos. La mayoría de las veces, decían -o pensaban, para justificar sus veleidades- que era para comparar...
Pues bien, en una de aquellas excursiones, Kiko dio con una de las gallinas más coquetas y aprendió a tratarlas, porque la verdad es que, pensaba, son un poco raritas. Se conformó con eso y le fue cogiendo el gustillo, aunque volvía triste a su gallinero, porque aquello no le satisfacía del todo.
Un día fue a buscarle su madre, le echó una bronca de “no te menees”, que se oyó en todos los corrales próximos (¿es esto lo que tu padre y yo te hemos enseñado? ¡golfo! ¡andando con cualquiera!”), y le castigó sin salir hasta que le creciera la cresta del todo.
Triste, mohíno y avergonzado, Kiko se volvió a casa
Cuando fue mayor y ya tenía su cresta bien tiesa y sus plumas multicolores y brillantes, conoció a una gallina preciosa, toda ella blanca, que andaba con una gracia que le tenía embobado. La llamó Blanquita. Era la más coqueta del gallinero y Kiko abandonó a todas las demás. Pero un día, se puso muy malita y se murió.
Nuestro buen Kiko se había quedado sin Blanquita y sin padre ni madre, “ni perrito que le ladre”. El pobre vivía en el gallinero solito, porque todas las gallinas le habían ido abandonando poco a poco o se fueron muriendo.
Kiko estaba como muy triste y sin ganas de vivir.
De vez en cuando iba a un corral ajeno, pero las gallinas huían de él, porque tenían su propio gallo que cuando notaba algo raro, se ponía celoso, se le encrespaba la cresta y organizaba la marimorena, o sea que aquello se convertía en un verdadero gallinero, como dicen los humanos.
En una ocasión se echó a la carretera y llegó al corral de su antigua amiga pero ya había pasado mucho tiempo, y no quiso entrar ni verla pensando que habría envejecido y no estaría tan lustrosa como antes, o se habría muerto.
Tampoco quiso buscar otra más jovencita, porque no tenía ganas de pelea con otros gallos y, aunque no se lo quería confesar, tenía miedo a fracasar y eso, en un gallo como él, era inadmisible.
Así que el pobre Kiko no levantaba cabeza.
Fue a ver a uno que tenían por hechicero y decían que sanaba a los que estaban como él. Le mandó un maíz especial mezclado unos granos de alpiste y trocitos de insecto muy picaditos.
¡Pobre Kiko!. Ni por esas: no tenía quien le echara ese maíz especial, el alpiste se lo comían los pájaros, más rápidos que él porque eran jóvenes y los trocitos de insectos, le producían diarrea.
Asi que Kiko, cada vez estaba peor y deseaba morirse para ir al cielo de los gallos y las gallinas. Porque también ellos tienen un cielo. En una ocasión había oído a esos seres enormes, extraños e incompresibles que se llaman humanos, una canción en la que se hablaba de que los negritos buenos también van al cielo y él se preguntaba por qué los gallos no iban a tener también uno.
Kiko no se engañaba porque era bastante listo: si los gallos viven es para que las gallinas tengan pollos, aunque sea de una manera muy rara: envueltos en una caperuza blanca sobre los que se ponía la madre dándoles calor, hasta que salían los polluelos. Por cierto, que durante ese tiempo, no había forma de acercarse a la mamá, porque daba unos picotazos de miedo.
Y los humanos, que son bastante más brutos que los gallos, unas veces se comían los huevos rompiendo la cáscara y convirtiéndolos en una especie de tarta blanca rodeada de puntillas con una barriga amarilla enmedio donde untaban pan, o los movían con unos pinchos, les daban vueltas y también se los comían. Otras veces los dejaban nacer y cuando eran un poquito mayores los asaban al fuego y... se los comían. O les cortaban eso que gusta tanto a las gallinas y entonces los llamaban "capones"... y también se los comían. O sea que, en todo caso, los pollos de una forma u otra, acababan en sus estómagos.
O, misteriosamente, los metían en unas cajas enormes, todos apelotonados y los mandaban sabe Dios dónde. ¡Serán brutos!.
Pero un día, la vida de Kiko cambió.
Por casualidad encontró un corral donde un amigo le había dicho que se comía maíz del bueno. Había un par de gallos: uno estaba fuerte y se ve que era el amo de aquel harén. Por suerte no le hizo caso porque tenía una favorita que siempre estaba con él y le acompañaba a todas partes: comían juntos, dormían en la misma rama y estaban continuamente dándose el pico, cosa que a los gallos y a las gallinas les gusta mucho y suele ir acompañado de una puesta de huevos, de esos que las madre calienta para que salgan sus hijitos.
El otro era bastante más viejo que Kiko. Le faltaban plumas, las que tenía estaban sin el color brillante que tanto atraía a sus hembras; tenía la cresta como blancuzca, muy pálida, y se la caía para un lado. No buscaba pelea.
Así que, aunque entró con un poco de miedo, pudo comer maiz, insectos para llevarse al pico, e incluso trocitos de pan que les ponían en un cuenquillo y con los cuales se relamía el pico de rico que estaba.
Lo que más le sorprendió fue ver que al lado del gallo feo, que se llamaba Tábron, había una gallina de esas que hay que echarlas de comer aparte.
Se llamaba Tana y Kiko, desde que la vio se volvió tarumba.
Era algo mayor que una polluela. Desde luego estaba en edad de poner huevos de los que salen pollitos, o sea de esos en los que interviene el gallo y los dos lo pasan divinamente, y presentía que Tábron hacía lo posible para que asi fuera, pero que "¡si quieres arroz, catalina!". O no sabía o no podía.
Decíamos que Kiko se volvió loco por Tana.
Era... Kiko no sabía describirla.
Tenía la cabeza como el oro de brillante. El pico era perfecto. Con sus ojos parecía que el corral se iluminaba. Su cresta parecía una aureola; no era roja del todo, como suele ser, sino de un color un poquito más fuerte que el resto de la cabeza, con la que formaba un conjunto fantástico. Alrededor del cuello las plumas adquirían una tonalidad más intensa, de forma que todo el lomo adquiría un brillo que refulgía como el sol. Tenía las plumas moteadas con manchitas más oscuras que le daban un aspecto distinguidísimo. La pechuga era redonda, como una manzana, prominente -sin ser exagerada como en algunos casos que Kiko no soportaba-; Kiko pensaba lo delicioso que debía ser pasar el pico por encima de aquellas plumas probablemente más suaves que la hierba recién nacida. Incluso pensaba que darle algún cariñoso picotazo en ella debía ser lo más parecido a ese cielo de los gallos en el que él con frecuencia pensaba.
Pues ¿y sus andares?. Andaba derecha, movía sus patitas -de color de rosa- con un ritmo y una cadencia que se parecía a eso que los humanos llaman "bailar" y al mismo tiempo, su cabecita iba de delante para detrás con un movimiento exactamente sincronizado con los pasos que daba.
Las pequeñas plumas de su cola que terminaban en una punta perfecta, eran una especie de reclamo difícil de resistir.
Pero siempre estaba al lado de Tábron y eso Kiko, no lo entendía y además, le fastidiaba terriblemente.
Aquel grupo era agradable. Le recibieron bien. Las gallinas con un cloqueo de bienvenida. El gallo joven le hizo alguna reverencia y se fue con su inseparable compañera sin preocuparse demasiado porque el recién llegado ya no estaba para historias. En cuanto al gallo viejo... fue Kiko el que no le hizo el menor caso. Saludó a su compañera con un espectacular erizamiento de las plumas del cuello y un ki-ki-ri-ki completamente extemporáneo porque era media tarde. Ella le correspondió moviendo la cabeza de un lado a otro, mirándole con los dos ojitos de color miel.
Ante tan buena acogida, les acompañó en su abundante comida, procurando acercarse a Tana.
Pasó con ellos la tarde y después, tristemente, se volvió a su solitario corral. Todos le despidieron con unos sonidos que en su idioma significa "vuelve pronto".
Y volvió. ¡Claro que volvió!. Un montón de veces. Y cada día estaba más perdidito por Tana quien enseguida se dio cuenta del efecto que causaba en Kiko y aunque era un poco viejo, su naturaleza femenina y su tendencia -obligada- a seguir a su amo la hizo coquetear ante Kiko de forma tal, que éste casi perdió los espolones, que por el contrario se le pusieron afilados como puñales dispuestos a todo.
Y una tarde en la que ya venía lanzado, al verla, abrió sus alones hasta que llegaron al suelo, se encresparon las plumas de su cuello, se le inyectaron los ojos y se lanzó como una bala hacia ella que, un poco asustada, empezó a pedir ayuda con todas sus fuerza y a correr a toda pastilla en busca de Tábron.
El revuelo en el gallinero fue de los que hacen época.
Y apareció Tábron renqueando, y bastante cabreado porque le habían despertado de su siesta. Al enterarse de lo que pasaba, abrió sus plumas, poco porque no daban para más, las cuatro que tenía en el cuello hicieron una especie de sombrajo y tratando de aparentar unos espolones que más bien se parecían a unos palitos enclenques, como esos con los que los humanos se hurgan en los dientes en lugar de limpiarse el pico con las plumas, como Dios manda y que es lo más limpio y decente, se dirigió hacia Kiko.
Kiko le vio llegar.
Se hizo el silencio en el gallinero, presintiendo una tragedia.
Kiko vio que Tábron, se le acercaba poco a poco, inseguro y bastante temeroso.
Y entonces ocurrió algo rarísimo.
Kiko miró a Tana que, asustada, presenciaba con su ojo izquierdo lo que estaba ocurriendo y temiendo lo peor.
Entonces Kiko, lentamente, recogió sus alas, bajó las plumas erizadas, se acercó a Tábron, reduciendo el espacio que los separaba y -muy despacio- bajó el cuello y lo puso en el punto en que sabía que caería el primer picotazo.
Y así fue.
Tábron le clavó su pico con poca fuerza, es verdad, pero la suficiente para que brotara un chorrito de sangre. Kiko no se movió y Tábron, envalentonado, volvió a picarle y trató de clavarle los espolones, que apenas arañaron a nuestro amigo.
Kiko que había puesto sus ojos en Tana, no los apartaba de ella.
La gallina, por su parte, sorprendida al principio, comprendió enseguida lo que pasaba y mantuvo la mirada de Kiko que poco a poco iba perdiendo su vida ante un Tábron enloquecido y, por cierto, casi asfixiado por el esfuerzo y por la locura del momento.
Y Kiko seguía mirando a Tana.
Y aunque la miraba, llegó un momento en que ya no la vio. Sus ojos se habían quedado sin pasión, sin brillo, como cristalizados, pero reflejando la imagen de Tana en ellos.
Y cuando llegó al cielo de los gallos -comprobando que efectivamente existía- seguía teniendo la imagen de Tana en sus ojos y Kiko sabía que no se le borraría en toda la eternidad.
Mientras tanto, el cloqueo en el gallinero fue de antología: las gallinas chillaban, los gallos lanzaban ki-ki-ri-kis lúgubres, el joven se lanzó sobre Tábron y no le mató porque su compañera le dijo, a su manera:
Déjale. Que no haya más muertes... ya lo pagará. Además, fíjate como está.
En efecto, Tábron estaba exhausto y a punto de que le diera una apoplejía.
¿Y Tana?
No se recuerda en la historia de las gallináceas, que ninguno de sus miembros haya llorado jamás, pero mirando a los dos ojitos de miel de Tana, se podía ver una especie de membrana muy fina, acuosa, que casi los tapaba y que, desde luego, apagaron su brillo.
Si algún humano la hubiera visto, como entienden tan poco de estas cosas, seguro que habría dicho:
¡Esta gallina está llorando!.
Tuiriz 4 de Agosto de 2008.





dimecres, 23 de febrer de 2011

Tengo una vaca lechera

Tengo una vaca lechera
no es una vaca cualquiera.
Me da leche merengada
Ay! que vaca tan salada!
chipiritiflautico

Si quiere saber mucho más acerca de este bello animal, por favor, pulse sobr la palabra en azul:

VACA

Entrada de prueba.